sábado, 31 de marzo de 2018

y entonces vino al mundo, tan reluciente y tan amplio

la profecía del apocalipsis es de un optimista
siempre de un optimista que prefiere ver el mundo sano
antes que cochino y desgajado el hueso de la carne del alma
incluso tú podrías prever el apocalipsis con más o menos fortuna
basta con humildad y un poco de tinta
aunque tampoco es necesario ver mundo
un feto me dijo una vez que prefería no salir
había soñado que las paredes del útero estaban recubiertas de espejos
algunos de ellos colocados de forma que se veía una y mil veces
empequeñeciéndose en la lejanía sin horizonte visible
aquello debió de abrumarle porque de allí salió cambiado
el azufre en la garganta se tradujo en llanto
y entonces vino al mundo, tan reluciente y tan amplio

una bolsa de hierba en la prótesis de un surfista atacado por un tiburón, en Santa Monica, California
una alfombra árabe bajo los pies ennegrecidos de un faquir mordido por una cobra, en Nueva Delhi
un gorila y un plátano, sobresaliente el chillido del pequeño fruto en contraste con el negrísimo pelaje del animal que sin embargo lo trata con una delicadeza tan moderna, en la espesura del Congo
el papel fotográfico sumergido en el líquido revelador, y la espera y el cosquilleo de la luz roja, en el laboratorio de un instituto del barrio alto de Lisboa, Portugal
el nylon de las cuerdas de la guitarra rasgadas por un apenado gitano zíngaro, alrededor de la Medianoche
un kayak solitario bajo los acantilados de Dover, en el Océano Atlántico
un andar solitario entre la masa, en la ciudad eléctrica de Akihabara

el coltán es un mineral que mata personas en África
el marfil es un material que mata elefantes en África
el aguacero es el mejor sueño imaginable en África
y todo pq
el agua es una flor que abandona África
                                           -además de la nueva niebla veneciana-

el candirú es un diabólico pez que vive en algunos ríos de mala reputación de la cuenca del Amazonas
el conflicto entre israelís y palestinos está lejos de concluir, ayer mismo las balas que escupen al unísono todos los gobiernos del mundo mataron a 15 peronas e hirieron a cientos solo por tener la suela de los pies sucia y llagada de buscarse una tierra que arar (y los ojos vidriosos (las cámaras de televisión) de esta epidemia a la que llamamos humanidad (empiezo a creer que es un fraude) acechándoles como alimañas en la humareda, espolvoreándoles la miseria por los hombros -siempre a dos palmos de distancia-)

tantas cosas ocurren sobre esta tierra
y tantas otras de las que no hay noticia
de las que pervive un dolor siseante
que se escurre por entre las costillas
un dolor que uno acaba por hacer propio
y que actúa como un parásito adentro
en absoluto a tu favor

flamenco sketches de Miles Davis es brujería
mientras tanto, los trabajos de muchos otros le siguen de cerca
por ejemplo: Como si tuviera alas,
del bueno de Chet Baker durante el servicio militar, en un velero de once metros de eslora y un camarote en el que caben cuatro personas, navegando por el agua estanca de un lago cerca de Berlín destruida por nazis megalómanos, rusos resistentes violadores de mujeres alemanas, cobardes cowboys americanos, grupos paramilitares antifascistas, enfermeras, países neutrales subidos al dólar y una mujer sujetando con una mano el vestido de algodón y removiendo el agua con la otra, allí estaba, en la orilla, como en un sueño, y las nubes tornándose oscuras y amenazando con fastidiarle la tarde

jueves, 29 de marzo de 2018

adiós

un ser que entumece es un pésimo ser
un pésimo ser rehúye del rescate
un rescate apestado es una credencial al fin
con buenas vistas de costa
y brisas de amor lejano
la grúa se agrieta espumosa
y se hunde en maravillosas nubes solitarias de humo azul

domingo, 18 de marzo de 2018

el club de la calle atena

al club de la calle atena acudían a susurrarse todas las noches
al principio eran unos pocos
luego se llenó de devotos
se restringe el pensamiento y se respetan los turnos, esta era la segunda regla
la primera: solo se susurra
no husmeaban otros ojos, solo susurraban
abrían la boca cerca de otras sienes y susurraban
no esperaban respuestas de otras bocas, solo susurraban
formaban pequeños círculos íntimos y susurraban a quien tuvieran a su derecha
no se decían nada en concreto, el placer residía en el bisbiseo por toda la sala
era una cosa sacra y estimulante hasta que llegó un joven
y originó el escándalo en aquella sala oscura
todo ocurrió muy rápido
alguien esperó un susurro
esperó, esperó, esperó, y no
no
NO
esto no es bueno
debe de tratarse de un sueño horrible, se dijo
esto significa lo mismo que morderse la lengua hasta sangrar
el joven era sordo de nacimiento
y desconocedor de su propia voz
creía que aquella gente también lo era
que hacían aquella cosa por sentirse mejor
por criar un miembro amputado
el pobre creía que el club de la calle atena era una confabulación de sordos
que incluso cuando se profanó el rito
y montaron en cólera y se maldijeron a gritos
agrandando, batiendo las mandíbulas como hipopótamos
todos ellos actuaban
y de qué forma, pensó
pero lo cierto es que nadie volvió a aquella sala a susurrar
aquella gente iba allí para engañarse creyendo que escapaban
y a partir de entonces la histeria que iluminaba el mundo de fuera
pareció colarse por la rendija y aferrarse a las paredes
el joven sordo inoculó la histeria en el club de la calle atena
convirtió la vibrante sala oscura en un lugar cualquiera en una calle cualquiera

viernes, 23 de febrero de 2018

bukowski sin duda sabría cómo seguir

Y nos enraizamos en el tango asténico al que recurríamos cuando no podíamos joder, porque no se puede joder todo el día, y menos ahí, sobre las sábanas revestidas de las vaguezas que exuda un tío como yo. Yo era un tío con clase, un haragán, un tipo que había trabajado apenas seis meses en dieciocho años y se enorgullecía de ello. Oh, querida, no empieces con eso, mira, mira mis suaves manos de pianista, no puedo trabajar, no estoy hecho para eso, mujer, hay ciertos hombres en el mundo que no lo soportarían, entiéndelos a ellos, querida, y me entenderás a mí, le decía. Y entonces se le retorcía la boca en un rictus de anciana pese a sus treinta y pocos y durante un tiempo no me preocupó demasiado. Luego sabría que aquella era la mueca de la piedad que sentía por ella misma. Pero para entonces, ya podía permitirme algo un poco mejor, así que tampoco me preocupó demasiado. Además, era horroroso aquello que hacía, le disolvía las facciones y la hacía parecer inofensiva.

lunes, 5 de febrero de 2018

piromanía entusiasta con montones de espasmos y temblores y salivación, de modo que la araña de cristal teje sus estúpidas súplicas debajo del mar desvaído, con complicaciones en todas partes, y por asegurarse de que nadie pueda sentir una fuerza futura o un futuro convencimiento se lo toma con seriedad, y entonces naturalmente es cómo nace el tiempo, al principio siempre como una estela de una estrella que se precipita en la noche salvaje y profética de la quietud, y luego ya deformándose, al estilo de cualquier reflejo de luz amistosa en las aceras húmedas de la ciudad que uno adora por unas razones y detesta por otras a menudo coincidentes

viernes, 15 de diciembre de 2017

óyele un susurro

el rey muere coronado aunque con los pies desnudos

el mártir muere con la creencia viva y mucha atención

el partisano muere con la sangre y el grito por el desagüe

el pobre muere ahogado en lágrimas y sabañones

el poeta muere relamiendo el verso con la memoria

todo el mundo muere con algo a lo que acogerse

incluso el tiempo muere mientras la vida pasa

domingo, 10 de diciembre de 2017

4.12.17

Tomo en préstamo un libro de relatos de Ricardo Piglia que me he ocupado de seleccionar azarosamente. (No recuerdo el título). Durante el trámite, percibo como si la bibliotecaria oteara en mí a través de la mirada, clavando su pupila azul en mi seso tierno. En el autobús puedo leer el primer relato, El precio del amor. Mi entendimiento cree asimilar nítidamente cómo el autor habla por medio de la palabra del protagonista, un joven que cubre su cabeza con un sombrero de ala ladeada, más propio de la edad provecta, creyendo así aparecer seguro de sí ante los ojos de una antigua amante a la que amó hasta el punto de querer casarse con ella para que así no pudiera dejarle. Claro está que esto se dio en un pasado, puesto que ahora se limita a visitarla con un perfume vulgar bajo el brazo con el objeto de humedecerla y seducirla de nuevo para acabar suplicándole que le expenda todo lo que necesita para recalar en un pueblo de Bolívar donde le espera la vida próspera, que, a lo sumo, son cien mil pesos.
     -¿Y por qué te volvés, si se puede saber?
     -Porque uno piensa las cosas de un modo y después todo sale distinto. Parecía fácil, ¿no?, cuando recién llegué. Me acuerdo y me mato de risa. Me iba a llevar el mundo por delante, fijate vos, y ahí tenés. -Se detuvo como si no pudiera respirar-. En esta ciudad de mierda, ¿te das cuenta? Uno llega, piensa que lo están esperando. Cuando quiere acordarse está perdido, triturado.
     La oscuridad iba llegando de  poco; en la ventana la ciudad era una mole gris.

Isabel no ha entregado aún el examen del impresionismo de hace una semana. En sus clases garabateo desmañadamente pequeños avatares grotescos, trazo diagramas ficticios semejantes a los que una vez vi de Stravinsky y reproduzco los poemas que voy memorizando. Analizamos Armonía en rojo, de Matisse. De Munch me maravillan Ansiedad y La muerte de Marat.

Pierdo al ajedrez con Álex por segunda vez. Debería afianzarme una apertura sólida y no subestimar el alcance de los caballos.

No me canso de escuchar In Rainbows.

Al llegar a la estación, el autobús se detiene junto al único andén, cargo con la mochila y espero a que todo el mundo desfile por el pasillo. Entonces, un cuerpo de la corriente fluctuante aminora la marcha, voltea la cabeza y me sonríe. Es un hombre bajo, de espalda pequeña y tez tostada, el oscurísimo pelo levantado, la frente mostrándose brillante y el andar peculiar, como incoherente. Viste tejanos y camiseta azul bajo una fina chaqueta del color de la piel y lleva una mochila desgastada al hombro. No me violenta, le devuelvo una sonrisa algo más comedida. Antes de salir, charla brevemente con el chófer. Pienso en salir por la puerta trasera. Cuando me quiero dar cuenta ha desaparecido, la escalera despejada. Me apeo y no está, ni aquí ni allá. Ni rastro.

domingo, 22 de octubre de 2017

I. de nadie a cualquiera

I (Escrito a lápiz en las primeras páginas de Mientras agonizo, entre párrafos). Autor desconocido.

[Extraña costumbre adoptada, ésta de escribir sobre otros libros, notas, ensayos, poemas, pensamientos diversos.
     Vengo de dar un paseo junto al mar. Mi felicidad se ha extendido por todo el recorrido como una alfombra aterciopelada, suave, del color de los atardeceres, y he podido andar con mucha más facilidad. Incluso he podido percibir la extraña sensación de estar realizando una tarea nueva, ahí, sobre los baldoquines del paseo, tan sorprendido que apenas he podido retener el impulso súbito de un júbilo extaordinario.]

domingo, 8 de octubre de 2017

08.10.17

Una  colección de jarras y tazas abigarradas pende del techo, de las bigas de madera barnizada. En el mismo centro, cinco aspas oblicuas se suceden. Obedecen a la inacción de los días lentos.

-Vicente, hay aquí chocolate, ¿quieres? ¿Chocolate caliente? -dijo la chica tras la barra con una mueca ingenua en el rostro. Supuse que adoptaba aquel gesto a menudo, porque le imprimía en la frente las arrugas poco definidas del entendimiento. De immediato, levantó la vista para obtener respuesta. Y tuvo que contentarse con un sutil cabeceo del hombre interpelado, pues él estaba vuelto y no le dirigía la mirada. Nadie lo hacía, de hecho. Ni siquiera yo, que nunca pude haber estado allí.

domingo, 18 de junio de 2017

andanza I, II

Cuando hube terminado de desayunar bajo el sol tibio del parque, me despedí escuetamente y atravesé el claro del bosque en torno al cual se disponen numerosos bancos de madera desvaída. El sol incidía como un clavo en la totalidad de su extensión a partir de media mañana, bañando la planicie en una luz esplendorosa y haciendo de este un lugar concurrido. Advertí que debajo de la copa de un árbol había uno de esos camiones rutilantes y chatos que llevan un pequeño contenedor en la parte trasera. Transportaba ramiza y hojarasca seca. Recuerdo que me dio la sensación de que llevaba allí décadas o siglos sin moverse. Tenía los bajos algo abultados, la carrocería era curvilínea y en el morro se adivinaba una mueca burlona. Asentado sobre la grava y encorvando ligeramente el lomo parecía un elefante atávico que se hubiera amansado. A su sombra, una escalera metálica se encaramaba hasta desaparecer entre el verdor.

Después de descender al nivel peatonal por unos peldaños que, al confluir y fundirse en una sola escalinata,  guardan en su recodo una fuente ideal para aves y podencos -conjunto que siempre me pareció algo suntuoso-, me deslicé por entre unos pocos coches y anduve hasta colarme por la puerta giratoria de la biblioteca municipal. Cuando tengo tiempo, procuro pasarme por aquí, si no para tomar libros sí para hojear poesías o leer algún relato. Las bibliotecas son un sitio en el que me siento muy a gusto. Tenía en mente devolver un par de libros para llevarme otros dos, ya se sabe, por esa estúpida idea provinciana de no alterar el orden de las cosas si puede evitarse. Acabé llevándome conmigo "1984", de George Orwell y "El extranjero", de Albert Camus. No hubiese dado con este último de no ser porque un instante antes de partir creí oportuno rebuscar entre los nombres de autores que me gustaría leer que mi memoria atesoraba con sumo recelo. En un hálito, el nombre del existencialista, con una caligrafía afrancesada, florida pero sobria, algo petulante y casi ininteligible, se alzó por encima de los demás y trazó un vuelo bajo y oscilante. Pensé que la caída hubiera sido abismal y me limité a cogerlo de la <t>, que sobresalía.  

Era un librillo frágil y castigado que apenas destacaba al lado de todos aquellos tomos inabarcables que colmaban los estantes alabeados. El lomo estaba doblado y las letras eran apenas visibles. Fue necesario despegarlo, ya que el plástico que lo envolvía se había adherido a las cubiertas de los libros contiguos a fuerza del estancamiento. La edición era ostensiblemente antigua y las hojas, algo amarillentas en los márgenes, se percibían abultadas y emitían leves crujidos al doblarse como un abuelo que habla con tono quejumbroso. El tamaño de las letras era más bien grande y me recordó al de un ejemplar de “Tortilla flat” que hube comprado por un euro en la feria de mi pueblo hacía algún tiempo. La tipografía era canónica y característica de la editorial, al menos en los libros que se editaron por aquellas.

Durante el trayecto en autobús empecé a leerlo pero tuve que detenerme cuando noté que los párpados pesaban. Al despertar, miré a mi izquierda y vi cómo la mandíbula de una mujer a la que el sueño había vencido se abría de par en par como si riese con una carcajada sorda. Mostraba la lengua rosada recogida en una boca enorme que parecía querer engullirme.  Retomé la lectura hasta llegar a la estación, mirando por la ventana cada poco y asomando mi rostro al sol ardiente. Me apeé y me dirigí a casa, tomando el camino cuesta arriba. Al haber salvado el desnivel y haber encarado ya una recta que en ocasiones resultaba tortuosa, sentí cómo una gota brotaba de un ojo y me surcaba la mejilla. La brisa era suave pero soplaba de cara. Vi aquello como una rareza. Nunca me había sucedido durante este tramo, pese a que lo había recorrido centenares de veces con negros vendavales tirando de mí.