I want my feet to be bare, I want my face to be shaven, and my heart— you can't plan on the heart, but the better part of it, my poetry, is open.
viernes, 8 de febrero de 2019
En París no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas
102
En Vita nuova, nos dice Dante que alguna vez enumeró en una epístola sesenta nombres de mujer para deslizar entre ellos, secreto, el nombre de Beatriz. Borges piensa que en la Comedia repitió Dante ese melancólico juego, sospecha que edificó el mejor libro que la literatura ha alcanzado para poder intercalar algunos encuentros con la irrecuperable Beatriz. Y yo tengo la impresión de que -salvando, por supuesto, las insalvables distancias- este melancólico juego lo llevé a cabo inconscientemente en La asesina ilustrada, tengo la impresión de que escribí todo el libro para poder intercalar en él un poema, un solo poema, el último que escribí en mi vida y el único que he publicado. Vistas así las cosas, toda La asesina ilustrada habría sido una excusa para poder despedirme de la poesía a través de estos versos: «Proscrita andarás sin lágrimas ni tumba / y navegarás cerca del tiempo ido y de allí, / más allá y hacia lo lejos, / con los ojos frente a lo Nunca Visto, / en dirección a Circe, bella muerta, / allá donde, rebasando en silencio / las ciudades sin sol, me encontrarás. / Seré la destrozada nave que tocará / la playa de la amiga en vano celebrada.»
Hoy en día La asesina ilustrada me parece básicamente una despedida de la poesía por mi parte. El argumento oculto del libro sería la sorda tragedia juvenil del que se ha despedido de la poesía para caer en la vulgaridad de la narración. Si a Hemingway, por ejemplo, ese tipo de trasvase de la poesía a la prosa no le había preocupado ni lo más mínimo («la facultad lírica de la adolescencia, tan perecedera y engañosa como la propia juventud»), a mí en cambio me afectó mucho. La asesina ilustrada, con su atormentada descripción de la muerte de un poeta, da pleno testimonio de ello, habla no sólo de mi drama personal sino del drama de muchos escritores jóvenes que al principio de su proceso creativo, si son imaginativos, suelen construir mundos poéticos propios, forjados en gran medida por sus lecturas, pero más adelante, a medida que la intensidad imaginativa va disminuyendo, van viendo cómo se acomodan a la realidad, caen en la prosa cotidiana y eso les hace sentir que han traicionado sus principios poéticos de primera hora. Algunos, los más inteligentes y obstinados, se resisten a rendirse tan fácilmente y mantienen la fe en su poesía durante algunos años más, pero lo que no saben es que, por mucho que hagan, la poesía ya les abandonó a ellos hace mucho tiempo. Nadie escapa a esta ley de la vida poética tan demoledora, nadie. O, mejor dicho, escapa de ella la inmensa mayoría de la humanidad, toda esa gente zumbada y aplastada por la tiranía de la realidad y que ha tenido la dudosa suerte de no haber distinguido nunca entre prosa y poesía.
sábado, 24 de noviembre de 2018
24.11.18
-Y los poetas, ¿qué hacen?
-Miran.
-Miran.
-Sí. Miran las cosas.
-Pero nosotros también miramos. Esta mañana en el parque, ¿te acuerdas de la oruga que has cogido? De cerquita era tan verde y tan pequeña... Y las flores para mamá. También las hemos mirado, y olían a agua limpia, y me has puesto una en el pelo y luego ya no olía a nada.
-Sí. Supongo que sí. Nosotros también miramos.
-Entonces, ¿somos poetas, papá? Me gustaría ser poeta para mirar todo el tiempo las cosas que me gustan.
-Pero ellos miran todas las cosas, no solo las que les gusta mirar.
-Ah.
-Sí. A veces son muy raros. No tienes por qué mirar algo si no te gusta, ¿no?
-No. Hay cosas que me ponen triste si las miro.
-Pero ellos, además de mirar las cosas también ven los reflejos de las cosas. Que se van apagando. Ellos dicen que se escurren. Así, los reflejos de las cosas bonitas duran más que las cosas bonitas. Ellos creen que al escribirlas les dan una vida infinita.
-Oh, qué suerte, papá... Así, ¿las excursiones al río y la cabaña y sus amigos de la escuela y sus mamás y las cosas bonitas que les gustan pueden durar para siempre si las miran de cerca?
-Miran.
-Miran.
-Sí. Miran las cosas.
-Pero nosotros también miramos. Esta mañana en el parque, ¿te acuerdas de la oruga que has cogido? De cerquita era tan verde y tan pequeña... Y las flores para mamá. También las hemos mirado, y olían a agua limpia, y me has puesto una en el pelo y luego ya no olía a nada.
-Sí. Supongo que sí. Nosotros también miramos.
-Entonces, ¿somos poetas, papá? Me gustaría ser poeta para mirar todo el tiempo las cosas que me gustan.
-Pero ellos miran todas las cosas, no solo las que les gusta mirar.
-Ah.
-Sí. A veces son muy raros. No tienes por qué mirar algo si no te gusta, ¿no?
-No. Hay cosas que me ponen triste si las miro.
-Pero ellos, además de mirar las cosas también ven los reflejos de las cosas. Que se van apagando. Ellos dicen que se escurren. Así, los reflejos de las cosas bonitas duran más que las cosas bonitas. Ellos creen que al escribirlas les dan una vida infinita.
-Oh, qué suerte, papá... Así, ¿las excursiones al río y la cabaña y sus amigos de la escuela y sus mamás y las cosas bonitas que les gustan pueden durar para siempre si las miran de cerca?
sábado, 10 de noviembre de 2018
10.11.12
una luna de dos caras
me tizna la barbilla
del olor de las madrigueras
y yo no hago más que entrar
y qué puedo hacer más que entrar
con un dócil llanto de risa insomne
en el favor de la ternura
me tizna la barbilla
del olor de las madrigueras
y yo no hago más que entrar
y qué puedo hacer más que entrar
con un dócil llanto de risa insomne
en el favor de la ternura
domingo, 14 de octubre de 2018
COMPAÑÍA
Ricardo vivía enganchado al café, a los cigarrillos, a las mujeres de mirada cansada y a otras muchas cosas que no le hacían bien. Es por eso que después de frotarse los ojos, encender la cafetera con un sonoro clic, y calentar el café del día anterior, quiso fumar. Y como no encontró el mechero, prendió el cigarrillo a la llama de los fogones en los que se haría una tortilla o unos huevos revueltos. Se desperezó, cruzó el salón y salió afuera. El cielo había amanecido nublado, y con él, la ciudad. Desde las alturas en que Ricardo se asomaba a su modesto balcón, se mostraba como una cuarteada y vaporosa mole gris en la que, de a poco, despertaban detalles. Vio el mechero sobre el alféizar de la ventana y se lo metió en el bolsillo.
La noche anterior había estado en el bar al que acudía después del trabajo con Alejandra, su nueva compañera. Era risueña y atractiva. Ricardo creía que se gustaban, por las sonrisas y aquella forma tan delicada de tocarse el pelo que ella tuvo. En cierto modo, le recordaba a la Camila de las novelas de Bandini. Tenía su tez olivácea y poseía su misma desfachatez, su misma animalidad, rasgos que amaba en una mujer; pues como había ido comprobando con los años, solían derivar de la inteligencia.
Lo que le sorprendía era que no tuviese pareja. Era cierto que no lucía ningún anillo en el dedo anular, pero Ricardo se había estado fijando en ella y le pareció que siempre andaba algo ausente, como reflexionando acerca de sus compromisos o de la cena que prepararía esa noche, incluso cuando se esfumaba con paso rápido al terminar su jornada de trabajo. Imaginó que un hombre la esperaba en casa, pero no era así, según ella le dijo la noche anterior. Le gustaba, adoraba su forma de hablar y de gesticular, y a menudo se le descolgaba la mirada, acabando en sus labios, siempre sus labios. También le dijo que el problema quizá fuera que el mayor de los problemas era el mundo y que seguramente él no estaba allí para solucionarlo. Ricardo no cejó en su sonrisa, en su deseo de complacer. Nunca tenía mucho que decir. Sin embargo, se extrañó y decidió, al cabo del rato de darle vueltas al asunto, que quizá fuera un pensamiento suyo, de Ricardo. Una fabulación íntima de las que surgen de la ebriedad. En cualquier caso, no dejaba de ser cierto, pues si algo guiaba o dejaba de guiar a Ricardo, eso era el relativismo y la indulgencia.
En ciertos momentos, rehuyó con disimulo de los temas que le remitían a su vida pasada. Ricardo notó todo eso. Rondaba la treintena, edad a la que gran parte de sus conocidas gozaban ya de una vida sentimental más o menos estable. Algunas tenían hijos a los que exhibían orgullosamente como a trofeos de caza. Pero a Ricardo, esto le era indiferente. En el bar habían estado tomando cervezas. Al parecer, las suficientes como para no recordar ni quién había pagado, ni qué pasó después. ¿Se la habría traído a casa? ¿La habría acompañado a la suya? Podrían haber ocurrido ambas cosas. La cama estaba vacía pero, a decir verdad, también más deshecha que de costumbre, con lo que en caso de haber pasado la noche juntos ya se habría marchado. De todas formas, recordaba tener la confianza necesaria como para preguntárselo más tarde. O quizá ni lo hiciera, para qué, pensó, con su sentido de la lógica rayano en el pesimismo, si ha ocurrido una vez, ocurrirá más veces.
Vertió el café en su taza de siempre. Hundió una cucharilla en el tarro de azúcar, y tras la tercera inmersión, la introdujo en la taza, donde le dio unas vueltas antes de sacarla y metérsela en la boca para probarlo. Le gustaba que la cucharilla quedase de pie, erguida sobre la montañita de azúcar al fondo del vaso. Abrió la ventana para que se colase por ella la brisa de la mañana y notó cómo su silbido le acariciaba la mejilla. Más que brisa, era viento, y parecía estar levantándose. Cerró la ventana casi al instante, pues prefería no tener que barrer las hojas más tarde, y se plantó frente a ella. Podía ver los arbolitos combándose ligeramente, con aparente fragilidad, y en la fachada de enfrente, un canario enjaulado abría y cerraba el pico. Entonces, sin saber por qué, sintió nostalgia por las mañanas de su infancia, pese a no haber tenido nunca relación con un canario ni nada parecido. Sin embargo, a través del cristal, y de algún modo gracias al cristal y a los reflejos de su superficie y al sol que se derramaba oblicuamente en la estancia como una gran catarata de luz, logró figurarse el agudo canturreo por un segundo. Cuando apuró el café, se rascó la barbilla y fue a la cocina a rellenar la taza. Luego volvió al salón, contiguo a la cocina, a matar el tiempo en su ordenador. Era algo que hacía a diario. Caminó hacia la silla, se inclinó sobre la pantalla, y se puso a correr la página del navegador sin participar de ello; las letritas a lomos de sus pálidas cabalgaduras, yendo y viniendo en la estantigua, se le aplastaban temblorosas contra las pupilas y se esfumaban aprisa. Al tiempo, sorbía del café compulsivamente. Y así estuvo un buen rato, como tendido aún en la espuma de un sueño extraño.
De pronto, salió de su ensimismamiento y reparó en que las sienes le palpitaban, calientes, y tenía un espantoso dolor de cabeza. Se dirigió al baño y tomó un paracetamol de la repisa. Allí, advirtió que el frasco de Valium dejaba ver, a su través, los macilentos azulejos. Alguien lo había vaciado. Se lavó la cara y volvió al salón. Tomó de la mesa la taza y mojó sus labios en el café. Había estado la mañana entera bebiendo de ese líquido que ahora hedía a muerte. En silencio, supo que no le quedaba mucho tiempo de vida. Resolvió teclear una última línea -con la que esperaba se hiciera justicia-, y morir con dignidad. Qué mejor manera de terminar con todo esto, se dijo, que con belleza y memoria intactas. Así que se sentó, y allí aguardó, con los codos en la mesa y sin mover un músculo. Le apeteció un cigarrillo, pero antes de oprimir la piedra del mechero con un dedo tembloroso aunque decidido recordó que había dejado el pivote de la cocinilla a medio recorrido. La llama se había extinguido y el gas había estado corriendo todo el tiempo. ¡Joder!, se riñó el pobre indolente de Ricardo, y en una exhalación todos los colores se volvieron del negro. En sus carnes sintió la más trágica sensación que puede un hombre paladear por última vez: la sorpresa.
Las pesquisas policiales determinaron el incendio como causa de la muerte. Hubo que evacuar el edificio, llegaron los bomberos y en la calle se agolpó la multitud. Un simple descuido, le dijo un agente a otro a pie de calle. O eso fue lo que oyó la mujer que, tras ellos, alzaba la vista hacia las contraventanas ennegrecidas. Al oír aquello, sintió una gran satisfacción y no pudo evitar esbozar una discreta sonrisa en unos labios ciertamente animales. Tenía una misión en el mundo: librarlo de la indiferencia. Y aunque su método, sus planes eran otros, sabía que había cumplido por esta vez. Lo que nunca llegaría a saber era que el fuego, chasquido y luego furia, ahogó en sí las palabras de la pantalla: Ricardo había escrito que ella lo había matado.
sábado, 13 de octubre de 2018
sábado, 22 de septiembre de 2018
jueves, 12 de julio de 2018
anotaciones de un joven soldado italiano
[Anotaciones en papel de estraza encontradas en la mochila de un combatiente italiano, difunto durante una campaña de la Primera Guerra Mundial del año 1916]
LA MAÑANA
por la estepa bronceada
discurre un ansia
de colmar el alma
de la luz inmensa
de la luz de la mañana
SOLDADOS
¿a quién concederle un suspiro en el fragor de una guerra, enfermedad en la que se ha grabado la palabra libertad con un buril de hueso?
¿quién respira la bala que hubiera abrazado yo, de no haberse señalado antes en su pecho?
mi bala, en definitiva, mi bala única
¿qué hermano tendrá mi bala?
arrebatarla y ponerla en mi palma quisiera
para cubrir el frasquito de sombra con ternura
como una madre tiende el escaramujo a un hijo
y este lo toma con el deseo de prenderlo en figuras de rosas ebúrneas
en volantes luciérnagas hacia el seno rocoso del cielo
lo mismo es pensar, ¿cuántas llevo entregadas?
sé que he impactado dos balas en sendos cuerpos
la primera, ayer
en el frío de la niebla
una dolencia supurada de las cabezas de los soldados
la segunda, al ocaso de este día
tersado como un peldaño de luz en el que ondean milenios
por el momento
considérenme un sobreviviente
pues si un hombre desconoce al hombre
que bracea junto a él en este piélago
no tarda en descubrir cómo se siembra el olvido
jueves, 31 de mayo de 2018
"Lléveme al mar", de Miguel Noguera, en "The Cagliostro songs"
Madrid. Madrid. Un Taxi. Madrid. Entra alguien. <<¿Adónde vas?>>. <<A la calle tal y tal, número tal>>. Se inicia la carrera. El taxi avanza por las calles de la capital. Y, de repente, el cliente cambia de idea. Y, con voz afectada, le dice al taxista : <<Lléveme al mar, lléveme al mar. Quiero ver el mar>>. Y el taxista se hace la película, asocia el tono grave a una enfermedad terminal. Y, pese a estar en Madrid, lo lleva al mar. Mil euros, o más, de carrera. Lo lleva a Valencia, yo qué sé. Lo lleva a una cala, yo qué sé. Todo por satisfacer el deseo de un moribundo. Y una vez en aquella playa de Valencia, el cliente sale del coche con lágrimas en los ojos y arranca a correr como un caballo. Y no lo vuelven a ver. Y no lo vuelven a ver. Arranca a correr. Hacia el mar. Y se mete en el mar. Y ahí, se ahoga. Y el taxista, desconcertado, se vuelve a Madrid. Episodio raro en la vida de un taxista. Aquel <<lléveme al mar>> de un loco suicida, y el taxista tomándole la palabra. La potencia de la frase "lléveme al mar" en según qué contextos. La potencia pura de esa frase, "lléveme al mar". Lléveme al mar.
(7' 10")
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